Enrique Granados por Alicia de Larrocha

Escrito hacia los años 70

Aunque no llegué a conocer personalmente a Enrique Granados, creo sentirme muy cerca de él y tengo la sensación de que él y yo hemos sido, durante toda mi vida, grandes amigos. Por su expresión en la música, por su manera espontánea e impulsiva de escribir, por todo cuanto he oído contar de su personalidad humana a mi madre, mi tía, sobretodo a mi maestro y a su propia hija Natalia, amiga entrañable, tengo la convicción de que nos hubiéramos comprendido muy bien, especialmente por tener ambos una gran afinidad de temperamentos. Digo esto porque siempre sentí una gran atracción hacia la expansión fogosa de su música, el arrebatado lirismo, la vena interna e interminable de su inspiración, el gracejo y el picaresco sentido de su ritmo fruto de un humor lleno de espíritu, la íntima e inmensa poesía, el desvaído perfume de su melancolía... y la ausencia absoluta de decadente sentimentalismo, tan de moda en aquella época. Por todo esto y porque mi maestro me inculcó la música de Granados y la devoción a su personalidad con gran entusiasmo; porque esta fuente pura y auténtica no sólo no desvalorizó su origen al correr del tiempo, si no que realizó y dio vida a muchas de las ideas esbozadas solamente por el maestro de mi maestro; por un “algo” imposible de traducir, yo me he sentido siempre como hechizada cuando interpreto a Granados.
Granados era... mezcla de niño y hombre: presto a reír como a sentirse humedecer de lágrimas los ojos. Repleto de “prontos”. Enormemente sensitivo y dispuesto a dejarse manejar, sobretodo cuando se trataba de unos bellos ojos femeninos... Soñador hasta el extremo de olvidar las realidades de su vida. Infantil, lleno de luz y penumbra. Bondadoso y misericordioso con el prójimo. Tenía dos personalidades muy acusadas y en perpetua lucha i contradicción: una, la de un ser fatigado por el trabajo, con mirada lejana, mente soñadora, espíritu de gran poeta. La otra, la de un hombre que desborda y derrocha pasión, capaz de hacer vibrar, hasta lo más hondo, al ser más indiferente. No en vano había heredado la sangre antillana de su padre cubano.

 

ANÉCTOTAS

  • Explican que, en uno de sus conciertos, el público se mostró frío y parco en aplausos. Al terminar el recital Granados estaba tan indignado ante la indiferencia del público que con verdadera furia dijo a quien estaba con él: “Ahora verás cómo voy a hacer cambiar a estos cretinos”. Como impulsado por una fuerza sobrenatural, salió rápidamente a escena y se puso a improvisar algo que arrebató al auditorio. Mientras saludaba correspondiendo a la ovación, se le oyó murmurar: “Desgraciada e infeliz humanidad...”
  • Buena muestra de su facilidad de improvisación la da la siguiente anécdota. El día que Granados quiso poner en programa El Pelele (recientemente terminado), encargó a su alumno y colaborador F. Marshall que, durante el concierto, le pasase las páginas del manuscrito ya que no había tenido tiempo suficiente para aprendérselo de memoria. Al poco de empezar, Marshall vio con gran asombro que, nada de lo que Granados estaba tocando, constaba en el manuscrito así que optó por estarse quieto y deleitarse oyendo un “nuevo” y fulgurante Pelele.
  • Mi madre y mi tía contaban que a Granados no le gustaba que sus alumnos tocaran sus obras ( los mediocres, claro está) y cuando los amigos extrañados le preguntaban el por qué, él respondía: “Prefiero que toquen Bach, Mozart, Beethoven o Chopin. A ellos ya no les pueden causar ningún daño... ¡A mí, sí... aún estoy aquí y lo oigo!
  • Su honradez pedagógica era tal que, una vez que alguien acudió a él para que le oyese a fin de que le admitiera como alumno, Granados preguntó al presunto pianista si tocaba alguna Sonata de Beethoven y al responderle éste que las tocaba todas, Granados abrió la puerta y despidiéndose muy cordialmente le dijo: “Lo siento mucho, no puedo hacer nada por Usted. Usted toca todas la Sonatas de Beethoven... Cuando las haya olvidado y trabaje de verdad solamente una, vuelva a verme”
  • Como persona distraída era un caso extraordinario. Una vez, el Sr Ernesto de Quesada (empresario en aquella época) se interesó en conocer sus Tonadillas y Canciones Amatorias. Inmediatamente Granados llamó a Conchita Badía (alumna muy querida y cantante muy dotada a quién Granados dedicó muchas de sus canciones) diciéndole “¡Ven tú y mis canciones!” Durante la audición, dedicada al empresario Quesada, alguien llamó con los nudillos a la puerta, interrumpiendo el improvisado recital, para anunciar que afuera había un Sr. esperando al Sr. Quesada. A Granados le molestó tanto el inoportuno aviso y estaba tan abstraído con su música que exclamó enfurecido: “¡Que le maten a este S. Quesada!”...
  • Su bondad era extremada. Cuando uno de sus mecenas, Salvador Andreu, decidió despedir a un infortunado profesor de piano para que Granados le reemplazara en la educación musical de sus hijas, coincidieron en la misma casa el despedido y el recién llegado. Al ver a su viejo colega desamparado, Granados le forzó a quedarse, le invitó a tocar, le escuchó con gran consideración y hasta llegó a tocar a cuatro manos con él.